viernes, 11 de enero de 2008

El personaje

Mozart

LA LEYENDA del Requiem:
Se cuenta que poco antes de la coronación de Leopoldo como Emperador, el maestro recibió una carta anónima, a través de un mensajero, preguntándole si le gustaría componer una misa de Requiem, así como preguntándole cuánto costaría y cuánto tardaría en entregarla. Mozart decidió aceptar tras consultar a Constanze (su mujer, a la que siempre preguntaba antes de aceptar ningún encargo) y devolvió una nota al desconocido caballero, diciéndole cuánto quería y que no sabía cuánto tardaría en terminarlo, pero que le gustaría saber para quién iba a realizar ese encargo. A los pocos días, el mensajero que le había ido a llevar el primer mensaje, apareció para recoger la respuesta y reapareció después con otra nueva nota en la que no solo se aceptaba el precio, sino que se le prometía a Mozart una suma extra de dinero al terminar la obra. Sin embargo, nunca supo quién se lo encargaba, a pesar de sus constantes intentos por averiguarlo.

Esto sucedía antes de su traslado a Praga, y no sería hasta su regreso a Viena, que empezara a escribir la Misa de Requiem.
De nuevo en Viena, Mozart empezó a componer la que sería su última obra. Coincidió su gran empeño e interés en el 'Requiem' con una enfermedad que poco a poco le hizo encerrarse en sí mismo, oscuro y melancólico, cosa que preocupaba tremendamente a Constanze, que se daba cuenta de que su marido había empezado a hablar sobre la Muerte y sobre que ese Requiem que componía, era un Requiem para él mismo. "Sé que mi final se acerca. Alguien me ha envenenado y no puedo quitarme esa idea de la cabeza", repetía una y otra vez. Constanze optó por llamar al médico, quien recomendó esconder el motivo de la obsesión del compositor (la partitura del 'Requiem').

Mozart terminó por creer que aquella extraña persona era un mensajero del Destino que le había encargado componer la música de su propio funeral.

Más tarde se supo que aquél sombrío personaje (llamado Leitgeb) era un enviado del conde Franz Walsegg, cuya esposa había fallecido. El viudo deseaba que Mozart compusiese la misa de réquiem para los funerales de su mujer, pero quería hacer creer a los demás que la obra era suya y por eso permanecía en el anonimato.

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